El presidente israelí, Isaac Herzog, otorgó al opositor Gadi Eisenkot la primera oportunidad para formar un nuevo gobierno, en un revés para Benjamin Netanyahu, quien perdió la mayoría parlamentaria en las elecciones del 27 de octubre. Sin embargo, el exjefe del Estado Mayor se enfrenta a un complejo rompecabezas político: necesita sumar apoyos de fuerzas árabes, negociar con los partidos ultraortodoxos o explorar un acuerdo con su principal rival. Con un plazo máximo de seis semanas, su capacidad para alcanzar compromisos determinará si Israel consigue salir de la parálisis institucional o se encamina a nuevos comicios.
Primera modificación: 08/11/2026 - 17:16Última modificación: 08/11/2026 - 17:42
Un mandato que abre una nueva etapa política. El presidente de Israel, Isaac Herzog, encargó al líder opositor Gadi Eisenkot la formación del próximo gobierno, una decisión que representa un nuevo revés para Benjamin Netanyahu, el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en la historia del país. El nombramiento se produjo después de las elecciones del 27 de octubre, en las que ninguno de los bloques políticos consiguió los escaños necesarios para garantizar una mayoría parlamentaria.
Eisenkot, exjefe del Estado Mayor del Ejército israelí y principal rival de Netanyahu en estos comicios, dispone de un máximo de seis semanas para construir una coalición capaz de gobernarm y un tiempo límite de 28 días para negociar los cargos del gabinete, los presupuestos y las políticas con los partidos. Aunque la decisión de Herzog lo sitúa en una posición privilegiada, no significa que tenga asegurado el cargo de primer ministro.
"Existe una necesidad urgente de un liderazgo nuevo y de gran calidad", afirmó Eisenkot tras recibir el mandato. El dirigente también aseguró que liderará la formación de un gobierno de emergencia nacional y defendió la necesidad de evitar que el país vuelva a quedar atrapado en otra sucesión de elecciones.
Eisenkot se mostró optimista, aunque conciente de las compeljidades para formar una nueva Administración. " Nos encontramos en una situación de emergencia. Israel necesita un nuevo liderazgo tanto como necesita aire para respirar. Estoy convencido de que es posible y correcto formar, con celeridad, un gobierno de emergencia israelí basado en los cuatro principios que he expuesto; un gobierno que cuente con una amplia mayoría en la Knéset", declaró.
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Durante su comparecencia en Jerusalén, sostuvo que aspira a establecer un liderazgo que inspire confianza, represente a todos los sectores de la sociedad y actúe en función del interés público. También expresó su convencimiento de que es posible constituir rápidamente un ejecutivo con una mayoría parlamentaria sustancial.
Sin embargo, sus declaraciones optimistas contrastan con la complejidad de las negociaciones que tiene por delante.
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Un Parlamento fragmentado y sin mayorías claras
El resultado electoral dejó un escenario de fragmentación que explica las dificultades para formar gobierno. La Knéset, el Parlamento israelí, cuenta con 120 escaños y requiere una mayoría mínima de 61 diputados para constituir un ejecutivo.
El bloque de Netanyahu pasó de contar con 68 escaños a quedarse con 53, mientras que las fuerzas opositoras encabezadas por Eisenkot consiguieron 48. Los otros 19 escaños quedaron en manos de los partidos liderados por árabes, que obtuvieron una representación histórica y se convirtieron en actores decisivos para determinar el futuro político del país.
La aritmética parlamentaria sitúa a Eisenkot ante una paradoja: aunque su bloque se encuentra en condiciones de disputar el poder, necesita el respaldo de fuerzas con las que mantiene importantes diferencias ideológicas y políticas.
Por tanto, su principal desafío no consiste únicamente en reunir los apoyos suficientes, sino en conseguir que sus potenciales socios acepten una fórmula de gobierno sin renunciar a sus principales reivindicaciones.
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Los partidos árabes, una llave decisiva y políticamente controvertida
Una de las alternativas más viables sobre el papel sería formar un gobierno en minoría con el respaldo externo de los dos partidos árabes: Ra'am y la Lista Conjunta. Juntos obtuvieron 19 escaños que, sumados a los 48 del bloque opositor, permitirían reunir un respaldo potencial de 67 diputados.
Esta fórmula no exigiría necesariamente que las formaciones árabes se incorporasen formalmente al gabinete. Bastaría con que garantizaran su apoyo parlamentario para facilitar la investidura y evitar que prosperasen eventuales mociones de censura.
La posibilidad resulta especialmente significativa porque la participación de un partido árabe en una coalición de gobierno israelí constituye todavía una excepción histórica. Ra'am formó parte del ejecutivo encabezado por Naftali Bennett en 2021, una experiencia que terminó colapsando 18 meses después, entre otros motivos, por los desacuerdos relacionados con la Cisjordania ocupada.
En esta ocasión, ambos partidos árabes han manifestado su disposición a colaborar con Eisenkot para impedir el regreso de Netanyahu al poder. La Lista Conjunta, en particular, ha anunciado que podría respaldarlo desde fuera de la coalición, rompiendo con décadas de precedentes.
No obstante, esta posibilidad representa un importante coste político para el dirigente opositor. Algunos de sus aliados rechazan cualquier acuerdo con las formaciones árabes. El partido Israel Nuestro Hogar, liderado por el conservador Avigdor Lieberman, ya ha descartado participar en un gobierno que dependa de su respaldo.
Además, Eisenkot deberá superar las profundas diferencias entre su proyecto político y las posiciones de los partidos árabes, que cuestionan aspectos fundamentales de las políticas israelíes, especialmente en relación con la guerra en Gaza y la expansión de los asentamientos en Cisjordania.
El propio Eisenkot ha establecido condiciones para cualquier formación que pretenda sumarse a su proyecto: respaldar a Israel como Estado judío y democrático, reconocer su Declaración de Independencia, apoyar el servicio militar o nacional y considerar a Hamás una organización terrorista.
Estas exigencias evidencian que el entendimiento no será sencillo, incluso si ambas partes comparten el objetivo inmediato de apartar a Netanyahu del poder.
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El servicio militar, otro obstáculo para atraer a los ultraortodoxos
La segunda gran alternativa pasa por negociar con los partidos ultraortodoxos, que disponen de 13 escaños y podrían proporcionar a Eisenkot la mayoría parlamentaria necesaria si se incorporan a su bloque.
Sin embargo, las diferencias en torno al servicio militar amenazan con frustrar esta posibilidad.
Los partidos religiosos han sido tradicionalmente aliados de Netanyahu y defienden mantener las exenciones que permiten a numerosos hombres ultraortodoxos evitar el servicio militar obligatorio mientras estudian en seminarios religiosos. Para estas formaciones, las dispensas son fundamentales para preservar su estilo de vida y sus instituciones.
Eisenkot, por el contrario, ha convertido la igualdad en las obligaciones militares en uno de los ejes de su proyecto político. El exjefe militar y sus aliados consideran necesario poner fin a un sistema que, a su juicio, distribuye de manera desigual las responsabilidades de defensa nacional.
La cuestión ha adquirido especial sensibilidad después de más de tres años de guerra, durante los cuales la carga del servicio militar ha recaído sobre amplios sectores de la sociedad israelí. El malestar por las exenciones se ha intensificado entre quienes consideran injusto que una parte de la población quede al margen de esas obligaciones.
Pese a las diferencias, las negociaciones no están completamente descartadas. Judaísmo Unido de la Torá ha dejado abierta la posibilidad de colaborar con Eisenkot, mientras que su socio Avigdor Lieberman ha mostrado cierta disposición a estudiar un compromiso sobre las exenciones.
El problema es que cualquier concesión podría provocar tensiones dentro del propio bloque opositor, especialmente entre quienes han defendido durante la campaña una reforma profunda del sistema.
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Netanyahu mantiene la presión y propone un gobierno de unidad
Mientras Eisenkot intenta reunir los apoyos necesarios, Netanyahu no ha renunciado a sus aspiraciones de permanecer en el poder. Aunque su bloque perdió la mayoría parlamentaria, el Likud continúa siendo la fuerza política con mayor representación en la Knéset y el primer ministro conserva capacidad de maniobra.
Su principal estrategia ha consistido en cuestionar la legitimidad de una posible alianza entre Eisenkot y los partidos árabes. Netanyahu ha afirmado reiteradamente, sin presentar pruebas concluyentes, que estas formaciones manipularon o «robaron» las elecciones al movilizar a sus votantes.
También ha advertido de que un gobierno respaldado por partidos árabes supondría un riesgo para la seguridad nacional. En un vídeo difundido poco antes del anuncio presidencial, defendió la creación de un gobierno de unidad nacional y alertó contra la formación de un ejecutivo que, según sus palabras, incluyera a partidarios de terroristas.
Estas acusaciones se producen mientras el Shin Bet, el servicio de seguridad interior israelí, investiga una posible injerencia extranjera en los comicios. Sin embargo, tanto la Comisión Central Electoral como el presidente Herzog han defendido la validez de la votación y consideran que eventuales irregularidades no habrían alterado significativamente el resultado.
Netanyahu también ha planteado la posibilidad de compartir el poder con Eisenkot mediante un gobierno de unidad nacional. Esta fórmula permitiría reunir a diferentes fuerzas políticas y superar la fragmentación parlamentaria.
No obstante, el acuerdo parece complicado. Los aliados de Eisenkot hicieron campaña precisamente con el objetivo de desplazar a Netanyahu, por lo que aceptar una coalición con él podría interpretarse como una renuncia a su principal compromiso electoral. A su vez, el primer ministro tendría que distanciarse de sus socios tradicionales, entre ellos las formaciones ultraortodoxas y los partidos de extrema derecha.
Las discrepancias también afectan a cuestiones de fondo, como la investigación sobre los fallos de seguridad que precedieron al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las exenciones del servicio militar.
Aun así, un gobierno de unidad podría convertirse en una salida de emergencia si las negociaciones entre los distintos bloques fracasan y aumenta la presión para evitar nuevas elecciones.
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¿Qué ocurre si Eisenkot no consigue formar gobierno?
El calendario institucional añade presión a las negociaciones. Eisenkot dispone inicialmente de 28 días para constituir una coalición, con la posibilidad de solicitar una prórroga presidencial de dos semanas. En total, contará con un máximo de 42 días para intentar reunir una mayoría.
Si fracasa, Herzog podría ofrecer a Netanyahu la oportunidad de formar gobierno. El primer ministro tendría entonces que buscar nuevos aliados, atraer a diputados de otras formaciones o intentar dividir el bloque opositor.
Netanyahu ya ha demostrado en anteriores ocasiones su capacidad para aprovechar las fracturas parlamentarias y atraer a representantes de otros partidos. Sin embargo, la actual composición de la Knéset y la pérdida de apoyos de su coalición dificultan esa estrategia.
Si tampoco consigue reunir una mayoría, podría abrirse un nuevo proceso para proponer otro candidato. De agotarse las alternativas institucionales sin un acuerdo, Israel tendría que convocar nuevas elecciones, previsiblemente a principios de la próxima primavera.
Mientras tanto, los nuevos diputados de la Knéset prestarán juramento y Netanyahu continuará al frente de un gobierno interino, con competencias limitadas, hasta que se constituya un nuevo Ejecutivo.
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Un bloqueo que refleja las profundas divisiones de Israel
Las dificultades de Eisenkot para formar gobierno van más allá de una disputa entre dirigentes políticos. El resultado electoral y las negociaciones posteriores reflejan las fracturas que atraviesan la sociedad israelí: las diferencias entre los sectores religiosos y laicos, el debate sobre la igualdad en el servicio militar, la relación con la minoría árabe y las discrepancias sobre la gestión de la guerra y la seguridad nacional.
A estas tensiones se suma el desgaste provocado por los años de conflicto posteriores al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que han condicionado buena parte del debate político y han endurecido las posiciones de numerosos sectores de la población.
En este contexto, Eisenkot debe demostrar que su discurso de renovación y unidad puede traducirse en acuerdos concretos. Su principal fortaleza es que Netanyahu ya no cuenta con la mayoría que le permitió gobernar, pero su debilidad reside en la heterogeneidad de las fuerzas que podrían respaldarlo.
Las opciones disponibles implican importantes contradicciones: acercarse a los partidos árabes puede alejar a sus socios conservadores; negociar con los ultraortodoxos puede obligarlo a flexibilizar su compromiso con la igualdad militar; y pactar con Netanyahu supondría renunciar al objetivo central de su campaña.
Por ahora, la decisión de Herzog ha abierto una oportunidad para alterar el equilibrio político israelí, pero no ha resuelto el bloqueo. El desenlace dependerá de la capacidad de Eisenkot para construir una mayoría entre fuerzas que comparten el rechazo a Netanyahu, pero que discrepan profundamente sobre el país que quieren gobernar.
La pregunta, por tanto, no es solo si el exjefe del Ejército conseguirá sumar 61 diputados, sino si será capaz de mantener unida esa mayoría una vez alcanzado el poder. Porque, incluso si logra formar gobierno, la estabilidad de su eventual coalición podría convertirse en un desafío tan difícil como las negociaciones que tiene por delante.
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Con Reuters, AP y medios locales
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